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Henry Lowenstein

Henry Lowenstein

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Henry Lowenstein: Mi madre no era judía, pero mi padre, mi padre tenía un compromiso relativo con la religión; eran tiempos de emancipación y demás. Mi abuela paterna era muy judía, en términos de... Entonces, lo que hacíamos era celebrar todas las festividades religiosas. Tengo recuerdos maravillosos de mi infancia, cuando celebrábamos Jánuca. Toda la familia reunida en una habitación, junto a mi madre y mi hermana, que no era judía ya su padre no era judío.

Pero mi madre y mi hermana participaban en todo lo relacionado con las festividades de Jánuca, o en las bendiciones del viernes por la noche. Participaban en todo. Y luego íbamos a la otra habitación y allí celebrábamos la Navidad. Y mi abuela, que era muy positiva, realmente era muy positiva en todo, participaba en la celebración de la Navidad.

[…]

En aquellos días, antes del nazismo, realmente no pensábamos mucho en esto. Así crecí, así fue durante mi infancia y suponíamos que en todas las familias era igual: celebrábamos las festividades judías y también celebrábamos la Navidad, la Pascua, y lo pasábamos muy bien.

Capítulo 1: La infancia de Henry en Berlín, primera parte

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Henry Lowenstein: Mi madre se casó dos veces, este era su segundo matrimonio. Mi madre había nacido en Estonia. Y se había casado con un funcionario de la Rusia Blanca, que obviamente era un objetivo cuando los bolcheviques tomaron el poder en 1917. Él y mi madre huyeron de Estonia y Finlandia, donde vivían, y de Leningrado, lo que en aquellos días era San Petersburgo. Huyeron a Alemania con mi hermana mayor, Karin, que nació en Finlandia. Vivían en una finca en una zona que en realidad correspondía a Prusia Oriental.

Luego, cuando su primer marido murió, mi madre se mudó a Berlín. Tuvo distintos trabajos y nos contó sobre el trabajo durante la época de la inflación; contó que a los trabajadores se les pagaba diariamente, porque el valor del dinero cambiaba de la mañana a la tarde, así que antes de volver a casa tenían que pagarles, porque a la mañana siguiente el dinero de hoy no valdría nada. Nos contó cómo se les pagaba y que se necesitaba una tina entera de dinero para pagar lo que correspondía a un solo día. Ella era la persona que se ocupaba del pago.

Finalmente conoció a mi padre y se casaron en 1925. En esos días teníamos una vida agradable. Definitivamente no era una vida acomodada, pero vivíamos bien. Mi padre participaba mucho en las actividades artísticas. Era médico, había formado parte del ejército alemán durante la Primera Guerra Mundial, y como médico del ejército recibió muchas condecoraciones por su valentía y demás.

Como dije, participaba mucho en las actividades artísticas y también tocaba el piano. Uno de los primeros recuerdos que tengo es ver a Kurt Weill tocando en nuestra casa. Kurt Weill escribió muchos éxitos musicales maravillosos. Uno de mis primeros recuerdos es cantar con la música de la Ópera del Mendigo e inventar mis propias letras para esa música. Todos creían que era muy lindo. Mi padre siempre afirmaba que él era mejor pianista, pero obviamente fue Kurt Weill quien escribió la música.

Así era nuestra casa, siempre estaba llena de artistas, gente de teatro y bailarines. Vivimos allí durante varios años; luego, creo que cuando yo tenía unos 4 o 5 años, nos mudamos a otro apartamento al otro lado de la calle, justo enfrente. Ahí es donde yo viví y donde ellos vivieron, incluso, hasta después de la guerra.

Capítulo 1: La infancia de Henry en Berlín, segunda parte

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Henry Lowenstein: Comencé la escuela en 1930, cuando tenía cinco años. Y me encantaba. En aquellos días, la cuestión nazi ya se estaba gestando, pero no era inminente. En esos días no sentí ningún problema relacionado con ese tema. Pero, si podemos, me gustaría extenderme un poco sobre eso. Obviamente, el Partido nazi estaba creciendo, las influencias estaban creciendo, y sin duda éramos conscientes de ello. Recuerdo muy bien lo que pasaba, es uno de mis primeros recuerdos, y esto todavía es a principios de los años 30, antes de que Hitler fuera elegido. Si íbamos a un restaurante, veíamos luchar a comunistas y nazis. Se golpeaban entre sí. Las peleas callejeras eran bastante comunes entre las dos partes. Obviamente que fue muy perturbador estar allí y ver a la gente ensangrentada, envuelta en esas peleas tan horribles. Y las tropas de asalto nazis eran un grupo brutal; siempre parecía que había tres de ellos contra alguien que no era uno de los suyos, y lo estaban golpeando.

Capítulo 2: Bajo la sombra de los nazis, primera parte

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Henry Lowenstein: Tenía 5 años cuando comencé la escuela; tenía 8 años cuando él llegó al poder. Recuerdo claramente a las tropas de asalto que marchaban por la calle, con antorchas; eran desfiles de antorchas, llevaban banderas, y atacaban a los judíos...

[…]

Uno de mis primeros recuerdos después de que los nazis llegaran al poder es que estaba jugando con mis amigos en la calle, y con toda esta propaganda negativa sobre los judíos, uno se preguntaba: "¿Soy realmente tan malo como dicen? ¿Soy realmente una persona de segunda categoría en comparación con los demás?" Y era muy difícil creer en uno mismo. Porque, quiero decir, se nos inculcó todo el tiempo que los judíos eran el origen de todos los problemas y que los judíos eran malos. Todo lo que salía mal era por culpa de los judíos. Los judíos eran criaturas de segunda categoría, y así sucesivamente... Eso hacía que uno se preguntara si lo era, si realmente éramos tan malos como decían, porque, después de todo, eso nos llegaba de todos los lados. Y lo otro que pasaba era que cuanto más nos golpeaban con esa propaganda, cuando se convertía cada vez más en una parte de la vida cotidiana, más judío me volvía...

Capítulo 2: Bajo la sombra de los nazis, segunda parte

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Henry Lowenstein: Cuando pasé al Gymnasium, que es el nombre de la escuela que sigue a la escuela primaria, creo que debe haber sido en 1936. Esa fue una historia completamente distinta. […] Recuerdo que nosotros, niños judíos de camino a la escuela, recibíamos ataques de las Juventudes Hitlerianas. Con frecuencia, tenía que luchar para ir a la escuela. En la escuela, todo el asunto nazi se convirtió en una parte muy importante de la actividad cotidiana. Teníamos que pararnos en el patio y cantar la canción de Horst Wessel, canciones nazis. Todos los niños debían cantarlas. Uno de mis maestros, el profesor de gimnasia, era un ser realmente malo y despreciable. Venía a clase con el uniforme de las SS y decía: "Bueno, no tengo tiempo para cambiarme, voy a ir a una reunión de las SS después de esto". Y claramente atormentaba a los niños judíos. Para demostrar lo "incompetentes" que éramos, [that we] que no podíamos hacer lo que querían que hiciéramos y encontraban la manera de humillarnos. Había un niño que estaba algo gordo y no le interesaba el deporte. A ese pobre niño lo atormentaban todo el tiempo. Yo fui relativamente afortunado, porque aunque no era un gran deportista, podía manejar lo que se presentaba y pude defenderme.

No estoy particularmente orgulloso por no haberlo hecho. Visto en retrospectiva, hubo momentos, cuando volvía a casa desde la escuela, en los que habría sido bueno ser más valiente y defender a mis compañeros judíos. Pero, francamente, se convirtió en una cuestión de supervivencia y corría como el demonio o peleaba a mi manera, pero no iba a ayudar a los demás. Creo que ninguno de nosotros lo hizo. Todos seguimos nuestro camino. En retrospectiva, desearía que hubiéramos armado un frente unido, pero en ese momento no parecía ser lo que había que hacer. Porque fueron muy duros con nosotros. En esa escuela estuve dos años. Fue una época horrible, realmente nos atormentaban. Y es muy difícil lograr aprender cuando se es el blanco de todos, y cuando uno se sienta en clase y los maestros hablan como la propaganda nazi. Por supuesto que todo era culpa de los judíos.

Capítulo 3: Antisemitismo en el aula

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Henry Lowenstein: Fui a la escuela hebrea y luego en 1938, o 1937 creo, en el 37, la comunidad judía estableció una escuela secundaria judía, que es una especie de... realmente no sé las edades, pero yo ya estaba en el nivel, creo que en tercer año. Así que en 1937 eso significa que tomaban niños desde los 10 años, y yo tenía 12. Era un gran complejo de apartamentos, un edificio de apartamentos. Estaba en la zona norte de Berlín, al lado de la cárcel de la ciudad. El complejo no había sido pensado para albergar una escuela; era un edificio de apartamentos. Es probable que el propietario fuera algún miembro de la comunidad judía. Recuerdo cuando fuimos allí por primera vez; simplemente nos sentamos en apartamentos grandes. Claramente no era una escuela, pero lo convertimos en una.

Cuando digo nosotros, me refiero a la comunidad judía, que realmente hizo tremendos esfuerzos para convertir el edificio. Al principio, no había instalaciones, simplemente asistíamos a clase en un edificio de apartamentos. En unos pocos meses, la cosa se transformó, y tuve una de las mayores alegrías con uno de los maestros, el de gimnasia; por cierto, todos los maestros allí habían enseñado en escuelas alemanas de la zona. Eran judíos; habían estado dando clases, perdieron sus trabajos en las otras escuelas y ahora enseñaban en esta escuela.

¡Eran maravillosos! Esos maestros eran los mejores. No se podía pedir nada mejor. Eran excelentes maestros. Y había un maestro de gimnasia, el Sr. Arndt, que me tenía aprecio. En la escuela alemana sufrí realmente mucho en las clases de gimnasia. Por algún motivo, no tengo manera de saberlo, me apreciaba y me hacía pasar al frente de la clase para demostrar actividades de gimnasia y demás, y simplemente me transformé. Me quedaba después del horario escolar y hacía ejercicio en el gimnasio durante horas. Me llamaba el hombre milagroso, porque en esa época yo tenía flexibilidad y podía poner mis pies a ambos lados de mis hombros, y hacer toda clase de acrobacias. Al mirar en retrospectiva, no era tan bueno, pero lo importante es que él me dio confianza. Y con esa confianza, todo lo demás floreció de repente.

No fue solo la gimnasia. De repente me gustaban todas las materias. Cuando había maestros que realmente amaban a sus alumnos, considerando lo que todos habíamos vivido en las escuelas alemanas, y cuando nos daban las oportunidades, no importaba que estuviéramos en aulas improvisadas, simplemente progresábamos en la escuela. Progresábamos gracias al amor y la atención que recibíamos allí. Fue una experiencia maravillosa.

Capítulo 4: El apoyo de las instituciones judías, primera parte

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Henry Lowenstein: Por supuesto que la gran preocupación de todos era lo que estaba sucediendo en Alemania, y de qué manera podíamos hacer frente a lo que estaba sucediendo. En ese momento, el punto era que por supuesto que a los judíos no se les permitía reunirse en grupos que no tuvieran un fin religioso. A medida que pasaba el tiempo, eso se fue convirtiendo en un problema. El grupo de exploradores al que yo pertenecía no era grande, estaba formado por entre 7 y 10 niños, y había un solo líder. Para que los 7 o 10 integrantes nos pudiéramos reunir, a veces tardábamos horas, porque no podíamos simplemente entrar al edificio a reunirnos, porque eso desataría de inmediato una respuesta de los nazis. A veces íbamos al edificio por un período de 3 o 4 horas, de modo que algunos íbamos y nos quedábamos y otros se quedaban hasta más tarde; todo eso estaba organizado y acordado.

Cuando teníamos reuniones, nos sentábamos con el libro de oraciones judío frente a nosotros y hablábamos sobre temas que no tenían nada que ver con la religión. En dos ocasiones, apareció un hombre de la Gestapo y dijo que entró para averiguar qué estaba pasando allí. Por supuesto, todos estábamos sentados orando. Mientras estaba ahí, nosotros estábamos muy entrenados; si algo sucedía durante la reunión, de inmediato deteníamos la conversación y comenzábamos a orar. Y seguimos así, tuvimos varias reuniones como esa.

Capítulo 4: El apoyo de las instituciones judías, segunda parte

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Henry Lowenstein: Un judío había asesinado a un integrante de la delegación alemana en la Embajada en París. Claramente era un hecho negativo. El niño judío que lo hizo no debería haberlo hecho, pero eso no viene al caso. Los nazis lo aprovecharon como una oportunidad de oro para intensificar la persecución de los judíos. Era noviembre de 1938. Recuerdo que estaba sentado con mi padre escuchando la radio. Tarde en la noche escuchamos sobre el asesinato. Grynszpan fue el judío que lo hizo, y no puedo recordar el nombre del alemán que fue asesinado, pero de todos modos, recuerdo haber escuchado que había muerto, y decir "Dios mío, ahora se las van a agarrar con nosotros". Porque era perfectamente evidente lo que se estaban preparando para hacer.

Por la mañana nos despertamos con el sonido de roturas de vidrios, gritos y ruido en la calle y vimos que circulaban camiones con tropas de asalto nazis por la calle. Y dondequiera que miraran, si suponían que era un negocio judío, rompían la ventana de la tienda, la saqueaban, arrastraban a los propietarios hasta afuera y los golpeaban. Y en el piso o en la calle pintaban con grandes letras de color rojo la palabra "judío". Eso significaba que por supuesto nadie se atrevería a entrar allí y comprar nada, lo que en esencia liquidaba el negocio.

Todo eso estaba sucediendo, y así estaban las cosas temprano en la mañana. No sabíamos, no teníamos forma de saber lo que estaba pasando en otros lugares. Realmente deliberamos si debía ir a la escuela o no. Herman, que vivía a la vuelta de la esquina, y yo decidimos que iríamos a la escuela. Fuimos en nuestras bicicletas porque no quería ir en un autobús; tenía miedo de que, si íbamos en un autobús, podríamos estar en medio de los incidentes, no teníamos control de la situación. Así que tomamos nuestras bicicletas. Por cierto, en ese momento en 1938, estábamos acostumbrados a que nos atacaran de camino a la escuela: había pandillas nazis que trataban de atraparnos. Así que cambiábamos de ruta todos los días, para no seguir el mismo camino porque teníamos miedo de que nos atacaran. De todos modos, los dos llegamos a la escuela. Al llegar vimos que había muy pocos estudiantes, y muy pocos maestros. Luego nos enteramos de que tal maestro había sido arrestado, tal otro maestro había sido arrestado, y así sucesivamente. Incendiaron tal sinagoga, ocurrió tal cosa, y otras cosas por el estilo. Nos llegó toda esta información. Cuando llegamos a la escuela serían alrededor de las 9:00 de la mañana. A las 10:30 quedó claro lo que había sucedido alrededor: el terror se había adueñado de la escuela. Los pocos maestros que estaban allí dijeron: "Miren, vayan a casa, salgan de aquí, escóndanse, hagan lo que puedan, no regresen, ni siquiera piensen en venir a la escuela hasta que sepamos más sobre lo que está sucediendo".

Una de las cosas que escuché allí fue que la sinagoga Fasanenstrasse, donde acababa de celebrar mi bar mitzvah ese verano, el verano de 1938, había sido incendiada, volada o lo que fuera, y que habían incendiado otra sinagoga a la que solía asistir, en Hauptstrasse, que era un lugar mucho más pequeño. No sé si es cierto o no, pero nos dijeron que el rabino, cuando prendieron fuego a la sinagoga, corrió adentro para tratar de salvar la Torá. Aparentemente lo obligaron a volver a entrar y murió.

Capítulo 5: Kristallnacht: Un punto de inflexión inequívoco, primera parte

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Henry Lowenstein: De todos modos, nos fuimos a casa. Llegué alrededor de las 11:00. Mi padre estaba hablando por teléfono. Nos habíamos enterado de que se habían llevado a mi tío y a su muy buen amigo, el Dr. [?] y varios otros. Supimos que iban por ahí recogiendo a todos. Por alguna razón, todavía no habían venido a nuestra casa. A nuestro apartamento. Entonces, mi padre decidió que, dadas las circunstancias, lo que debíamos hacer era salir de allí lo más rápido posible. Creíamos que, como ya se habían llevado a mi tío, no irían por segunda vez a ese apartamento.

Así que fuimos para allí. No nos atrevimos a llevar nada con nosotros para no quedar en evidencia por cargar cosas. Fuimos al apartamento de mi tío donde también vivía mi abuela. Estaban mi tía y mi abuela. Lo que decían era que habían venido y se lo habían llevado. Que estaba en pantuflas y que no pensaba salir. No le permitieron ponerse zapatos, tampoco agarrar un abrigo, aunque era noviembre y estábamos en invierno. Acababan de llevárselo. Eso era todo; no teníamos idea de dónde estaba o qué estaba pasando.

Así que nos quedamos ahí. Y luego vinieron varios parientes más. Se reunieron allí amigos y familiares. En total debía haber unas 20 personas en el apartamento. Francamente, muertos de miedo. No nos atrevimos a encender ninguna luz inusual; no queríamos hacer nada que pudiera llamar la atención. Y nos quedamos allí. Comí la comida que había, dormí en el suelo y simplemente me quedé allí.

Capítulo 5: Kristallnacht: Un punto de inflexión inequívoco, segunda parte

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Henry Lowenstein: Pasaron unos 2 o 3 días de esto. Mi hermana, por cierto, se fue a trabajar, porque no era judía; fue a trabajar de nuevo para mantener una apariencia de normalidad y porque no queríamos que nadie notara que algo se salía de lo corriente. Si ella no hubiera aparecido, se habrían preguntado qué era lo que estaba pasando. Así que nos quedamos allí, y luego pensamos: "Bueno, será mejor que veamos lo que está pasando en nuestro apartamento". Mi madre obviamente no era judía. Yo no tenía un aspecto particularmente judío, así que la decisión fue que los dos iríamos a ver qué estaba sucediendo allí. Con mi padre no nos atrevíamos, no queríamos que estuviera en la calle. Así que volvimos a nuestro apartamento y los Blank, las mismas personas que mencioné, dijeron: "Sí, han estado allí, buscándolo". Pero no habían sellado el apartamento. Iban a volver. Les dijeron que no estábamos allí y que... tenían tanta gente para recoger y, si conseguían uno más o uno menos, no era tan importante, así que iban a volver.

Entonces, decidimos que íbamos a entrar y lo primero, por supuesto, no habíamos llevado dinero con nosotros. Lo primero. En segundo lugar, nadie se atrevería a ir a un banco, porque eso obviamente daría pistas de dónde uno estaba. Entonces, pensamos, bueno, lo mejor que podemos hacer es al menos empacar todos los objetos de plata y demás objetos de valor, y ver si podemos dejarlos en algún lugar, porque eso era todo lo que teníamos para negociar. Entonces, nosotros, mi madre y yo, rápidamente metimos todo en una caja plana, era la que teníamos, no era realmente mucho más alta que esto [c. 2.5 in], pero era la que teníamos [gestures]. La llenamos con los objetos de plata y otros objetos de valor. No sé exactamente cuánto pesaría, pero era pesada; me atrevería a decir que serían al menos 50 libras. La bajamos, porque vivíamos en el tercer piso, y la cargamos hasta la calle. La apoyé en el manillar de mi bicicleta, e íbamos a tratar de llevarla con unos amigos. Esa fue realmente una de las peores experiencias de mi vida, porque la llevamos a personas que habían sido nuestros queridos amigos. Abrían la puerta, nos miraban y nos cerraban la puerta en la cara porque estaban muertos de miedo. Si nos [sighs] dejaban entrar, estaban en peligro. Así que fuimos de amigo en amigo, solo para que nos cerraran la puerta en la cara una y otra vez.

Finalmente, era media tarde, y en ese momento dijimos: "Bueno, lo mejor es que devolvamos esto al lugar donde estaba". Porque no sabíamos qué hacer. Así que volvimos y nos encontramos con los Blank. Dijeron: "Nosotros nos encargaremos de eso". Llevaron la caja al sótano, debajo del edificio de apartamentos, y la escondieron allí. Y francamente fueron los únicos amigos que encontramos. Volvimos a nuestro apartamento, el apartamento de mi tío George, y nos quedamos allí por otros 10 días o 2 semanas.

Luego, las cosas volvieron casi a la normalidad. Después, por supuesto, se volvió absolutamente crítico poder salir del país o averiguar qué se podía hacer. Eso era otro capítulo, porque la escuela comenzó de nuevo, aunque nuestros maestros no estaban allí, porque estaban en campos de concentración.

Tres o cuatro de nosotros, que no éramos muy brillantes pero teníamos 13 años, decidimos que nos subiríamos a nuestras bicicletas e iríamos hasta el campo de concentración para tratar de ver algo. Fuimos hasta el campo de concentración de Oranienburg. [sic: Sachsenhausen concentration camp near Oranienburg]Por supuesto que no pudimos ver nada, porque todo se veía muy limpio, con flores en los canteros y alambre de púas, etc., pero no se podía ver nada. Sabíamos que nuestros maestros estaban allí. Una semana... Algunas semanas más tarde comenzaron a liberar personas. No los mantuvieron detenidos, liberaron a varios de ellos. Liberaron a mi tío. Se había congelado y perdió los dedos de las manos y de los pies. Cuando los estaban liberando, les dijeron: "Salen, pero siempre podemos encerrarlos de nuevo. Y si se van a otro país, también podremos atraparlos allí. Así que no se atrevan a decir nada sobre lo que sucedió. Si hablan de esto, están muertos." Dijeron: "Si van a los Estados Unidos, es lo mismo. En los Estados Unidos o en cualquier otro país del mundo, los vamos a atrapar. Así que nunca digan ni una palabra."

Capítulo 6: Tras la Kristallnacht, las puertas se cierran

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Henry Lowenstein: Ahora la verdadera lucha era poder salir de allí. Y claramente, nos reunimos con nuestra tropa de exploradores, como mencioné anteriormente, y allí había alguien que había estado en Palestina. Era mayor, probablemente tendría 18 o 19 años. Y había regresado en un esfuerzo por tratar de hacer arreglos para que la gente pudiera salir. Pensé que era increíblemente valiente, porque se había ido y regresó para ver qué podía hacer. Nos reunimos y tratamos de encontrar posibles maneras de solicitar refugio, dónde presentarnos, cómo podríamos salir. Y todos enviamos una solicitud a Palestina, a Francia, a Shanghái, entre otros lugares.

Por supuesto que todos sabíamos que los adultos no podían ir. No era solo eso... la única manera de que otros países aceptaran a una persona adulta era que alguien garantizara que la persona no se convertiría en una carga para el país de destino. Además, no se les permitiría trabajar y no podrían llevar dinero con ellos. Los alemanes les permitirían llevar cinco marcos, cinco marcos o lo que fuera. Recordemos que era el final de la época de la Depresión, en todo el mundo. En todos esos países la gente no tenía trabajo. No se les podía culpar por no aceptar a la gente cuando no podían dar empleo y mantener a su propia población. Y los alemanes dijeron: "Bien, pueden irse, queremos deshacernos de ustedes, ¡váyanse! Pero solo les permitiremos sacar esto, y no pueden llevarse nada con ustedes." Así que claramente, a los adultos no se les permitía ir a ninguna parte. Realmente, se hicieron esfuerzos en todo el mundo, con organizaciones judías que trataban de salvar a los niños. Para salvar a los niños.

Capítulo 7: Buscar una salida, primera parte

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Henry Lowenstein: Tuve un maestro llamado Rosenberg, que era, no recuerdo realmente qué materia enseñaba, pero sé que lo que nos enseñó en clase fue Shakespeare. Y fue un maestro maravilloso. Puedo recordarlo, quiero decir, hasta el día de hoy lo recuerdo interpretando, por ejemplo, a Julio César y a Macbeth, y trabajando junto a nosotros esos temas, en alemán, por supuesto. Durante los últimos años había enseñado todos los veranos en Inglaterra. Así que tenía conexiones en Inglaterra. Me llamó un día y me dijo: "Estoy afiliado a un grupo en Londres que está dispuesto a llevar algunos niños, pero hay que presentar una solicitud de inmediato y no hay ninguna garantía". Así que mi madre inmediatamente escribió a Londres y envió la solicitud.

Capítulo 7: Buscar una salida, segunda parte

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Henry Lowenstein: Mientras tanto, me habían aceptado para el traslado a Francia. Y debo confesar que no estaba loco por ir a Francia, pero habría ido; cualquier cosa era mejor que quedarme en Alemania. Era una reacción infantil porque no me gustaba el francés como idioma. No hablaba francés muy bien y mi cabeza nunca pareció entender de qué se trataba todo eso. Pero de todos modos, justo cuando se estaban haciendo los arreglos para ir a Francia, me enfermé y no pude ir. Y eso probablemente fue, en última instancia, una de las mejores cosas que me han pasado, porque a todas las personas que enviaron a Francia las asesinaron cuando los alemanes conquistaron Francia. Se llevaron a todas esas personas y nunca más se supo de ellas. Así que recibimos la noticia de Londres de que me habían aceptado, que el comité había aceptado patrocinarme para ir a Inglaterra. Luego tuvimos que ir y hacer el papeleo.

Capítulo 8: Kindertransport: Un salvavidas para los niños judíos, primera parte

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Henry Lowenstein: Pero quiero decir que, en ese momento, lo único en lo que cualquiera pensaba era: "¿Cómo podemos salir?" Es decir, por supuesto que dejar a los padres y demás familiares era algo terrible, pero también se convirtió en una cuestión de supervivencia. Los padres se dieron cuenta de que la única manera de salvar a sus hijos era sacarlos del país. Así que no se trataba de decir: "Tenemos que permanecer juntos", porque sabíamos que el hecho de mantenernos unidos, probablemente, nos condenaría a todos.

[Interviewer] ¿Tenían planes por si ellos lograban salir, sobre cómo se encontrarían o algo así?

[Henry Lowenstein] No. No hablamos de eso en absoluto, porque simplemente no lo sabíamos. Quiero decir, teníamos la esperanza de simplemente mantenernos en contacto y encontrar la manera. Después de todo, mi madre lo había vivido cuando huyó de los bolcheviques a Alemania. Mi padre había vivido cuatro años de la [First World] Guerra, como médico, pero en el frente de batalla. Crecimos sabiendo que la vida podía ser muy difícil. Así que nuestro verdadero deseo era encontrar la manera de que cada uno de nosotros pudiera sobrevivir; luego buscaríamos la forma de volver a estar juntos. Pero, en ese momento, era estrictamente una cuestión de supervivencia cotidiana.

Capítulo 8: Kindertransport: Un salvavidas para los niños judíos, segunda parte

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Henry Lowenstein: En mayo recibimos la notificación de que me habían aceptado para ir a Inglaterra. Que todo saldría bien, pero no sabíamos cuándo viajaría. Y recibimos otra notificación, con unos pocos días de anticipación, que nos informaba que un transporte partiría hacia Inglaterra en junio. Así que el 6 de junio [sic] de 1939 nos presentamos en una estación de trenes en Berlín. Tenía permiso para llevar 10 kilos de equipaje, que son unas 20 libras. No podía llevar dinero. Eso era todo.

Subí al tren. Y ahí ocurrió otra cosa interesante, porque, en la estación, sin saberlo, apareció una prima segunda, o alguien con un parentesco así, con su hija. En ese momento yo tenía trece años y la hija tendría seis o siete años, era una niña. Iba a viajar en el mismo transporte. Y por supuesto que viajamos juntos. Habíamos llevado sándwiches, mi madre los había preparado y ella también llevaba algunos. Así que subimos al tren. Nos subimos al tren.

El viaje creo que duró entre tres y cinco horas, tal vez más. Era media tarde. Cruzamos la frontera hacia Holanda. Hasta ese momento, habíamos tenido mucho miedo de que algo pudiera salir mal. No me atrevía a decir ni una palabra, porque con un solo movimiento rápido de los nazis, estaríamos todos de vuelta, o Dios sabe qué podría pasar. Y nadie se atrevió... creíamos que habíamos cruzado la frontera, pero no nos atrevimos a decir nada porque no estábamos seguros de si todavía estábamos en Alemania. Finalmente llegamos a Holanda, a una estación donde había un montón de holandeses maravillosos que nos saludaban y nos ofrecían chocolate y comida. Eso fue... fue una gran alegría. Todos aplaudían y fue un placer salir de allí.

Capítulo 9: Kindertransport: De Berlín a Róterdam

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Henry Lowenstein: Llegamos a Róterdam; debía ser de tarde, estaba oscureciendo. Tuvimos que pasar por la aduana con nuestras 10 libras, 10 kilos de equipaje. Y luego nos hicieron abordar un barco. Estábamos en un barco. El barco era el New... el Niew Amsterdam. Entramos a nuestro camarote y estábamos completamente agotados. Deben haber sido alrededor de las 11 de la noche cuando finalmente llegamos allí. No recuerdo nada; dormimos en el camarote y nos despertamos a la mañana siguiente. Ya estábamos en Inglaterra, en el puerto de Harwich.

Y no sabíamos qué estaba pasando, estaban procesando la información de los pasajeros. Uno de los recuerdos más interesantes fue que... era temprano en la mañana, serían alrededor de las siete u ocho de la mañana, el sol había salido y estaban descargando el barco, o tal vez lo estaban cargando, no lo sé, algo estaba pasando. Subí a cubierta con Thea y había una ronda de niños. Por cierto, debo decir que en este transporte había niños de todas las edades. Creo que los más jóvenes tendrían unos tres años y los mayores tendrían alrededor de 16 años. Por supuesto que los mayores trataban de cuidar a los más jóvenes, pero era un grupo de niños bastante variopinto.

Capítulo 9: Kindertransport: De Róterdam a Harwich

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Henry Lowenstein: Poco después nos reunimos de nuevo y nos subimos a un tren. Se demostró mi ignorancia de la geografía de Inglaterra, porque pensaba que Harwich estaba a la vuelta de la esquina de Londres. Y no lo estaba. Nos subimos al tren y cuando llegamos a Londres era temprano en la tarde. Ni bien llegamos a Londres, bajamos todos del tren y nos ordenaron en grupos, según el lugar a dónde iba cada uno. A algunos los enviaron de inmediato a campos de refugiados; otros tenían a alguien que se reuniría con ellos, entre otros casos.

Capítulo 9: Kindertransport: De Harwich a Londres

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Henry Lowenstein: Me quedé en Londres unos dos días; luego me enviaron al campo de refugiados. Era en Westgate, que está cerca de Margate. Es como una zona turística en la costa sureste de Gran Bretaña. Era una zona turística y el campo era algo así como un lugar de veraneo bastante deteriorado. Allí había cientos de niños, cientos. Había niños de todas las edades, desde los seis hasta posiblemente los 16 o 18 años, no estoy seguro de la edad que [coughs] tendrían los mayores, tal vez unos 17. Quiero ser muy claro en esto, todos estábamos increíblemente agradecidos con las personas que nos habían llevado allí, y cualquier queja sobre este campo no está dirigida a las personas que lo habían organizado, que lo habían hecho posible. Estábamos agradecidos, eso es todo lo que se puede decir. Pero las condiciones eran muy duras. Para cocinar, habían contratado a un hombre que había trabajado como cocinero a bordo de un barco en algún lugar. Y claro que la comida era, en el mejor de los casos, asquerosa. Los propios niños se ocuparon de la organización dentro del campo. Los niños mayores lo organizaban. A todos se les asignó una tarea, porque todo lo hacíamos nosotros, por ejemplo la limpieza, entre otras tareas. Era como estar en el ejército, uno trabajaba como ayudante de cocina, otro hacía la limpieza y así con todas las demás tareas.

Capítulo 9: Kindertransport: Westgate, primera parte

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Henry Lowenstein: No fue una situación particularmente buena. Había muchas enfermedades. Había todas las enfermedades infantiles que se puedan imaginar, desde tos ferina hasta sarampión, paperas y poliomielitis, y no había ninguna clase de ayuda médica.

Entrevistador: ¿No había atención médica?

Henry Lowenstein: No, no había médico. Había un joven que era estudiante de medicina, un estudiante de medicina británico judío, y él trató de lidiar con todo esto, pero claramente estaba muy por encima de sus posibilidades. Si uno se enfermaba, lo único que podían hacer era ponerlo en cuarentena. Había que estar encerrado en una habitación y esperar a que alguien trajera comida; no se podía salir hasta que creyeran que uno estaba mejor. Lo que me pasó a mí fue que me desmayé mientras llevaba la comida a la mesa. Lo siguiente que recuerdo es que desperté y estaba en la habitación en cuarentena. No tenían idea de lo que me pasaba, pero como me había desmayado, pensaron que estaba enfermo. Creo que me desmayé porque no había comido. Y estuve aislado unas dos semanas. Me pasaban la comida por debajo de la puerta y eso era todo. Toda la situación fue muy dura. Pero de nuevo, quiero que quede claro: las condiciones podrán haber sido difíciles, pero sin importar lo que sucediera, aún así era mejor y todos estábamos agradecidos con las personas que habían organizado todo para que viniéramos.

Entrevistador: ¿Cuántos niños había en ese campo de refugiados?

Henry Lowenstein: Cientos, pero no podría decir cuántos. Había llegado al campo a mediados de junio y de repente, un día a mediados de julio o tal vez hacia fines de julio, supe que el comité que me había traído solo había patrocinado a unos ocho o diez niños, porque eso era todo lo que podían cubrir. Había diferentes comités que patrocinaban a diferentes grupos de niños. Los integrantes del comité que me trajo vinieron y miraron las condiciones del campo. Vieron que las condiciones eran terribles, que no podían tener a sus niños allí. De modo que organizaron todo para que los de nuestro grupo pudiéramos viajar a Londres y vivir en una pensión.

Capítulo 9: Kindertransport: Westgate, segunda parte

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Henry Lowenstein: Sí. Bueno, si uno está en un país y no habla el idioma, aprende rápido. Así que por supuesto que aprendimos. En unas dos semanas se hizo evidente que la guerra era inminente. Y el gobierno británico decidió evacuar a todos los niños de Londres. Así que nos evacuaron, y por evacuar quiero decir que nos dijeron que nos presentáramos en la escuela, y resultó que los niños británicos estaban allí con nosotros. Nos presentamos en la escuela y caminamos desde allí hasta el metro de Londres, hasta la estación de metro. Luego nos llevaron a otro lugar, donde nos subimos a un autobús y nos llevaron al lugar previsto para la evacuación.

En mi caso, a los niños de mi escuela, nos llevaron a un pequeño pueblo llamado Whipsnade. Resultó ser que, en ese momento, tenía el zoológico más grande de Europa. Whipsnade ya existía y el zoológico se construyó luego. Llegamos; creo que en el grupo había unos seis refugiados. Seis, tal vez siete u ocho. De todos modos, el procedimiento fue interesante porque el superintendente del zoológico, que había sido capitán en el ejército británico, capitán y veterinario, se sentó de un lado de la habitación, los habitantes del pueblo se sentaron detrás de él y allí estaban todos los niños para distribuirlos. Nos sentamos en el salón comunal, y el superintendente decía en voz alta el nombre del vecino, ya sabe, de las personas que vivían allí, señalaba a un par de niños y decía: "Ve con ellos". "Y tú, con este." Y así nos repartieron y fuimos a vivir con esas personas.

A nosotros, éramos tres, nos enviaron al mismo lugar, a una granja. Personas encantadoras. Y el gobierno británico pagaba el equivalente a alrededor de un dólar y medio por semana y por niño, para que esas personas nos alimentaran. No era mucho. Pero fue la primera comida real y decente que comí en mucho tiempo, y me encantó. Estábamos en una granja y la vida era maravillosa. Nunca había estado en una granja en mi vida. Nunca había visto un pollo de cerca, tampoco vacas, nada. No solo eso; además estábamos justo al lado del zoológico, así que teníamos todo el zoológico al alcance, con todos sus animales.

Capítulo 10: Estalla la guerra en Europa, primera parte

Transcripción

Henry Lowenstein: Tuvimos que registrarnos como "extranjeros enemigos". Como habíamos venido de Alemania, técnicamente éramos extranjeros enemigos. Pero los británicos sabían muy bien que lo último que queríamos era tener algo que ver con Alemania. Esos eran nuestros enemigos declarados. Pero según las leyes éramos extranjeros enemigos. Así que me entregaron una tarjeta de extranjero. Conseguí un permiso de trabajo, con el que me permitieron ir a trabajar. Me quedé y trabajé allí.

En ese momento tenía 15 años y el peligro era que los alemanes invadieran muy pronto. Había ocurrido lo de Dunkerque y el ejército británico estaba acabado, francamente. Así que mis compañeros y yo entrenábamos con ellos, con los británicos, en previsión de un desembarco alemán. Nadie tenía armas. Las primeras armas que llegaron fueron las que enviaron los ciudadanos estadounidenses, por ejemplo rifles deportivos, pero había una gran mezcla y nadie tenía las municiones adecuadas. La gente incluso tenía lanzas, que daban bastante pena, y las iban a usar para luchar contra los tanques. Pero aprendimos a lidiar con bombas molotov y cosas por el estilo. También cavamos trampas de tanques en las intersecciones de las carreteras y cosas así. Y me quedé con lo que se denominó primero Voluntarios para la Defensa Local, que luego se convirtió en la Guardia del Interior. Entrené con ellos hasta el final de la guerra.

[…]

En realidad intenté alistarme en el ejército británico un par de veces, pero como estaba trabajando en una granja, se consideraba más valioso mi trabajo agrícola que en las actividades de combate. Formé parte de la Guardia del Interior, hice lo que pude, pero visto en retrospectiva sin duda que podría haber hecho más, pero no lo hice. Así fueron las cosas.

Capítulo 10: Estalla la guerra en Europa, segunda parte

Transcripción

Henry Lowenstein: [My father] Hacía trabajos forzados. Mi madre hacía trabajos forzados. Como Karin [Henry’s half-sister] vivía con una familia judía, no se le permitía recibir las raciones regulares, pero estaba trabajando. Pero la razón por la que lograron sobrevivir fue porque mi madre fue absolutamente firme en su determinación de apoyar a mi padre. Y varias veces tuvieron el traslado programado. Recibían el aviso... aparentemente de una organización judía de la comunidad judía. Eso era simplemente una fachada; no querían tener ningún problema, por eso tenían judíos que ordenaban a otros judíos que aparecieran para el traslado, porque creían que era más probable que la gente respondiera.

Y cada vez que eso sucedía, ella [my mother] iba a las autoridades y armaba un gran alboroto, porque ella no era judía, y porque no iba a dejar a mi padre, y decía: "Si lo llevan a él, tienen que llevarme a mí". Tenemos documentos en los que consta que dijeron: "Está bien, esta vez lo dejamos ir, pero la próxima vez los llevamos", o cosas parecidas. Lo hizo varias veces. Por supuesto que más tarde me dijo que si la guerra hubiera durado otras tres semanas, se habrían ido y eso era todo. Estaban cansados de ella, y no había dudas de que los habrían llevado. Pero se las arregló para salvar la vida de mi padre, una y otra vez. Las personas en el sótano de las que hablé anteriormente (el superintendente del edificio) fueron firmes defensores durante todo ese tiempo y lograban avisarle cada vez que la Gestapo intentaba venir y hacer algo.

Capítulo 11: Mientras tanto, en Berlín

Transcripción

Henry Lowenstein: Durante la guerra estaba pegado a la radio; la escuchaba todas las noches. Había una emisora que se llamaba Radio Calais, que en realidad era una emisora británica que transmitía desde Gran Bretaña, fingiendo estar en Francia, y transmitía propaganda para los alemanes. Y obviamente disfrutaban de dar las ubicaciones de dónde habían caído las bombas la noche anterior. Si bombardeaban una ciudad, enumeraban calle por calle dónde habían caído las bombas...Porque la idea era desmoralizar a las tropas alemanas que supuestamente estaban escuchando. O a quien estuviera escuchando. Me había hecho un mapa de Berlín de memoria, lo que podía recordar sobre las calles, y claramente me sentaba allí, noche tras noche, preguntándome si mencionarían las calles que estaban en nuestro barrio para ver qué había sucedido. Esperaba y rezaba para que los míos estuvieran a salvo. Pero no había forma de saberlo. Creo que la última comunicación que recibí fue alrededor de 1943; era un mensaje de 25 palabras a través de la Cruz Roja. Y a la inversa, como supe más tarde, recibieron noticias de mí con muy poca frecuencia. Y entonces... como saben, uno pasó por la guerra.

Capítulo 12: Reconectar después de la guerra, primera parte

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Henry Lowenstein: Un día, en mayo... fue en junio de 1945, me llamó. Dijo que acababa de regresar de Berlín y que recién había llegado: voló de ida y vuelta entre Berlín y Londres porque formaba parte del primer grupo de oficiales británicos que fueron a Berlín para ver qué estaba pasando allí. Acababa de hablar con mi madre, y me dijo que todos estaban vivos y bien y me enviaban saludos. ¡Era un milagro! Cómo logró conectarla. La historia fue que ella, a pesar de todos los obstáculos y después de estos años de la guerra tan terribles, se dirigió a la legación británica. Como no hablaba nada de inglés, la derivaron a él porque hablaba alemán. Preguntó por su hijo en Inglaterra, mencionó mi nombre y él dijo: "¡Lo vi la semana pasada!" Todo fue tan extraño e increíble, creo que prácticamente fue un milagro. Aproximadamente un mes más tarde, recibí otra llamada de un hombre con quien posteriormente me conecté aquí en Denver. En ese momento es posible que ni siquiera hubiera oído hablar de Denver. Y me trajo, siguiendo la mejor tradición de los cuentos de hadas, un anillo de mis padres y el mensaje de que estaban bien. Era un ciudadano estadounidense que trabajaba con el Departamento de Estado. Así que desde ese momento estuvimos en contacto y enviándonos paquetes entre nosotros. Yo enviaba paquetes de comida siempre que podía. Todavía no sabíamos qué iba a pasar. No había ninguna garantía del futuro.

Capítulo 12: Reconectar después de la guerra, primera parte

Transcripción

Henry Lowenstein: Mi madre y mi hermana trabajaban en una fábrica, confeccionaban ropa. Mi padre trabajaba como químico en un... analizaba muestras de agua en una planta donde, por algún motivo, eso era importante. Yo no tenía trabajo, y por supuesto tampoco tenía educación. Mi educación se había interrumpido a los 14 o 15 años; lo único que había aprendido era inglés, pero no tuve una educación de verdad. Mi hermana logró hacer los arreglos necesarios para que yo pudiera ir a la escuela secundaria local. Pero en ese momento yo tenía 23 años. Así que el primer trabajo que conseguí fue cavar tumbas. Cavaba tumbas por la mañana desde las 9 hasta las 2, y luego asistía a las clases. Iba con los estudiantes que estudiaban bajo la GI Bill, la Ley de Reajuste de Militares. Las clases iban desde las 3 hasta la noche. Y comencé la escuela secundaria desde abajo. La gente de allí era maravillosa y me permitió trabajar a mi propio ritmo: todo el programa fue diseñado para que los estudiantes pudieran trabajar a su propio ritmo, porque mucha gente había regresado de la guerra, y los estudiantes eran veteranos de la guerra que habían regresado. Tenía que hacer todos los trabajos que se esperaban de un estudiante de secundaria, escribir cada trabajo y aprobar cada examen. Y debo decir que me pareció bastante fácil. Cursé los cuatro años de la escuela secundaria en cuatro meses. ¡Un año al mes! Y además trabajaba todos los días como sepulturero. ¡Excepto por álgebra! El álgebra me derrotó, y tuve que dedicar otros tres meses para superar el álgebra. Pasaron siete meses en total antes de que calificara para graduarme de la escuela secundaria. Pero la gente era maravillosa.

Cuando egresé, fui a trabajar en una fundición de hierro. Trabajaba allí y luego iba a una escuela de arte por la mañana. En Williamsport había una escuela de arte, el Instituto Técnico, y había una mujer maravillosa allí en Williamsport que logró que me admitieran. Esta vez fue una dama judía, pero en cada paso de mi vida, alguien me había ayudado. Eso siempre ha sido una fuente de gratitud de mi parte. Ella me hizo ingresar a la escuela. Trabajaba en arte por la mañana de 9 a 2, y luego iba a la fundición, donde trabajaba de 3 a 11:30 de la noche. Era un trabajo duro, y bastante horrible en realidad, pero estaba agradecido, era un trabajo. Era relativamente peligroso, porque tenía que subir por encima del metal caliente y trabajar en la maquinaria, por encima del hierro que estaba al rojo vivo abajo. Eso duró alrededor de un año, hasta que un día me resbalé y casi me caigo del techo hacia adentro de todo eso. En ese momento renuncié y conseguí otro trabajo en una fábrica de papel, donde hacía platos de papel, vasos y servilletas. Trabajé allí durante un año. Una vez más, durante este tiempo iba a la escuela de arte.

Capítulo 13: Un nuevo país, un nuevo comienzo

Archivo de Historia Visual de la Fundación Shoah en USC, entrevista 11470
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